No te puedo dar la mano. No puedo decirte que sigo a tu lado. Ni siquiera puedo decirte ya que te quiero. Que estoy contenta de que la vida nos haya unido y súbitamente nos haya separado.
Por una vez decido arrepentirme de todo. Renuncio a creer en la bondad absoluta de todos. Me quedo callada antes de defender todo lo que decían. Todo lo que contaban.
Por una vez decido seguir mis impulsos y sacar toda la ira que hay en mí. Por una vez te digo lo peor, me arriesgo a odiarte, a condenarte. A no ser la buena del cuento, a ser la loca.
Y sé que no puedo tampoco sentirme mal ante tus palabras y mentiras. Que no quiero recordar lo que me decías si vas y se lo dices a alguien más de la misma forma, con los mismos ejemplos y objetivos que me lo decías a mi. No puedo creer si fuiste sincero, o si después de todas las mentiras que te supe, hubo una pequeña verdad.
Mucho menos puedo renunciar al derecho de enojarme, de sentirme herida, de sentirme defraudada y decepcionada. De renunciar a los buenos recuerdos.
Y no te pido que renuncies a tu derecho de sentirte ofendido, de creer de mi lo peor. Siéntelo todo, y sólo después, encontrarás las paz, y yo encontraré la mía. El día que te haya perdonando, y tú a mi. Pero sobretodo, el día que te hayas perdonado, el día que yo me haya perdonado.
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